15 nov. 2008

Lenguaje sexista, lenguaje racista

"... el próximo Consejo de ministros y ministras aprobará [...] Estoy convencida de que el compromiso con la igualdad de los miembros y miembras de esta Comisión..." (Bibiana Aído. Ministra de Igualdad)


El lenguaje, si para algo ha de usarse, es para entendernos. Mediante él expresamos ideas, opiniones y a fin de cuentas casi todo, de la mejor manera que podemos. El problema es que últimamente hay una creciente corriente a favor de liar la manta que a este paso acabará con el entendimiento. Oímos en la radio hablar de magrebíes y personas de "aspecto subsahariano". Desde que todo el mundo es progresista y está muy "concienciado" con los derechos humanos, hay que referirse a los inmigrantes africanos como magrebíes y subsaharianos, cuando antes decíamos moros y negros. Claro que los magrebíes de la noticia iban a ser inmediatamente expulsados y devueltos a su país -a la miseria y el hambre del que huían- y los subsaharianos yacían en un Instituto Anatómico Forense, ahogados en el estrecho de Gibraltar. No nos preocuparía que siguiéramos diciendo moros y negros, siempre que no le diéramos matiz peyorativo -los musulmanes filipinos del Frente Moro de Liberación no hacen ascos del primer término, y un "subsahariano" como Senghor acuñó en política el término "la negritud”-. No nos preocuparía que siguiéramos diciendo moros y negros, si estos fueran bien acogidos en nuestro país y no tuvieran que jugarse la vida en las rutas de la inmigración ilegal para luego ser explotados como mano de obra barata; o mejor, que empezaran a venir menos porque al fin sus países levantan cabeza. Sin embargo, parece que la sensibilidad humanitaria del primer mundo hacia el tercero se limita a inventar un lenguaje políticamente correcto y socialmente hipócrita que nos sirve para aparentar todo lo que hemos progresado y lo bien que va todo. Cambiamos el lenguaje y así nos evitamos tener que cambiar la realidad, que nos costaría mucho más trabajo. Los moros se convierten en magrebíes mientras construimos una barrera electrónica en el estrecho para rechazarlos; los negros se transforman en subsaharianos mientras reformamos la ley de extranjería para restringir los derechos de los que logren atravesar la barrera. Ya casi ni mencionamos a los extranjeros; los ricos suelen ser "ciudadanos comunitarios" y los pobres, "ciudadanos extracomunitarios". El lenguaje es enormemente correcto, pero la mentalidad sigue anclada en la incorrección racista y xenófoba. Los norteamericanos han convertido a sus negros en "afroamericanos", de manera que ya no se puede decir que su sistema judicial tenga una particular preferencia por llenar de negros las cárceles (o los pasillos de la muerte, esos que gustaban tanto a Bush, a quien no temblaba la mano para confirmar sentencias de muerte de negros, hispanos o deficientes mentales). Curiosamente, los blancos no se han recalificado a sí mismo como "euroamericanos" o "britanoamericanos". Los blancos siguen siendo blancos y americanos a secas, con alguna pequeña excepción. Algunos se van convirtiendo en "latinos", hermosa e imprecisa palabra que iguala a los "morenos" que hablan castellano con los descendientes de aztecas e incas y con los blanquísimos nietos de gallegos emigrados a Cuba y después a Miami. Mientras, los auténticos descendientes del Lacio, los nietos de Rómulo y Remo, no son latinos sino que se han convertido en "italoamericanos". Pero no pensemos que estas pequeñas incoherencias histórico-geográficas sólo afectan a los yanquis. Nos cuidaremos muy mucho de llamar magrebíes a los vecinos de Ceuta y Melilla siempre que sean blancos y cristianos, por mucho que geográficamente habiten en el Magreb; y en cuanto a los moros de Marbella, siempre han dispuesto del dinero suficiente para poder ser tratados de "árabes". Nuestra extrema corrección político-lingüística también nos lleva a que ahora apenas nombremos a los gitanos; es más bonito hablar de "minorías étnicas" en proceso de integración. Y justificamos el rechazo a que determinados niños acudan a un colegio con nuestros hijos atribuyéndolo a que proceden de "familias conflictivas", sin que alguna pequeña diferencia racial tenga nada que ver.
Una de las categorías culminantes del lenguaje políticamente correcto es utilizar un lenguaje pretendidamente no sexista. Hago constar que estoy totalmente de acuerdo con la pretensión de que el lenguaje no reproduzca las desigualdades por razón de sexo que deberíamos eliminar de la realidad práctica. Por ejemplo, reivindicando que mujer pública signifique lo mismo que hombre público, es decir, persona que tiene responsabilidades o trascendencia pública en su comunidad, sin sugerir la oprobiosa idea de que la única forma en que la mujer puede ser de utilidad pública es como objeto sexual. Pero a la vista del ímpetu con que hasta sectores políticos que trabajan poco por la igualdad real de hombres y mujeres han adoptado un supuesto lenguaje no sexista me temo que hay en todo esto más juegos florales que otra cosa. Con la pretensión de evitar el lenguaje sexista se nos está infiltrando una forma de hablar que es, en el mejor de los casos, horrenda y que, en el peor, denota desprecio o desconocimiento de las normas que hacen que un idioma sea algo coherente e inteligible y sigue escondiendo buenas dosis del sexismo supuestamente proscrito. Del lado de lo horrendo, la recurrente práctica de decir siempre "los trabajadores y las trabajadoras" o "compañeros y compañeras", tolerable como inicio de un discurso o como precisión, como el tradicional "señoras y señores", pero que se vuelve insufrible si aparece en una frase sí y en la siguiente también. O el escribir sistemáticamente "los/as trabajadores/as", "compañeros/as", etc., o peor todavía, "l@s trabajador@s" o "l@s compañer@s". En el lado de la ignorancia hay que anotar el habitual error de pensar que la lengua tiene sexo, es decir, que hay palabras de sexo masculino y palabras de sexo femenino (a lo mejor algunos piensan también que se reproducen copulando unas con otras). Los únicos que tienen sexo son los animales y las plantas (y ni siquiera todos). Este error quizás se debe a tener una visión excesivamente sexista de las cosas ("todo tiene sexo") tan peligrosa como el propio lenguaje sexista; a lo mejor los puestos de trabajo y los derechos también tienen sexo. Las palabras no tienen sexo, aunque en algunas lenguas, como el castellano, tengan género. Los géneros masculino y femenino no tienen una exacta relación de correspondencia con los sexos masculino y femenino. A veces sí que la diferencia de género identifica una diferencia de sexo (el padre y la madre, el gato y la gata), pero probablemente esta correlación se produce en la menor parte de los casos. Desde luego no se produce en la palabra "caracol", que es de género masculino y se refiere a un animal hermafrodita; ni en la palabra "hormiga", que es de género femenino y se puede referir tanto al macho como a la hembra. Por eso, puedo referirme a mí mismo empleando palabras de género femenino -soy una persona- y a una mujer empleando palabras del género masculino –es un ser humano- sin que por ello se dé un fenómeno de transexualidad. Puedo emplear dos expresiones sinónimas pero de distinto género (la humanidad, el género humano) para referirme a un mismo hecho sin que haya ningún matiz sexista por emplear una u otra. También puedo emplear palabras como manzano y manzana, sin que la diferencia de género implique una diferenciación sexual, sino la distinción entre la planta y su fruto; puedo decir cubo y cuba, o zapato y zapata, para referirme a cosas distintas que tampoco tienen nada que ver con diferencias sexuales. En fin, que ni la lengua ni las palabras tienen sexo. Por eso podemos emplear tranquilamente una expresión de género masculino (los ciudadanos) para referirnos a un grupo de personas de ambos sexos. Y ello porque el género masculino, según las normas del castellano, indica una mayor extensión que el femenino; "los padres" puede significar "padres y madres" y "las madres" no. Esto es absolutamente arbitrario, pero no necesariamente sexista; también es arbitraria la asignación de géneros a la mayoría de las palabras (por eso algunos extranjeros que aprenden castellano nunca acaban de saber cuando emplear cada uno de ellos); y si no, a ver como se justifica la diferencia entre jarra y jarro. Y, de nuevo, no tiene nada que ver con la diferenciación sexual. También es arbitrario llamar a la silla silla y no alpargata. La creencia de que toda palabra tiene sexo ha llevado en los últimos años a atribuir sexo masculino a palabras neutras para poder inventarle un equivalente femenino. A la vista de algunas de estas palabras –por desgracia, en algunos casos asumida por la Real Academia- la operación denota un profundo sexismo, la suposición de que cualquier vocablo que denote poder o superioridad jerárquica, o que tradicionalmente haya sido una actividad masculina, tiene género masculino. Ejemplos: para acompañar a presidente se ha creado presidenta, de juez ha derivado jueza y de concejal, concejala. Así que ahora hay que decir "jueces y juezas", o tal vez escribir "jueces/zas". ¿Quién dio por supuesto que presidente es masculino? Quizás alguien que cree que también lo es gerente, agente o excelente, palabras con la misma terminación. Que juez sea masculino y requiera el complemento de jueza es una idea de alguien que igualmente debe pensar que nuez es masculino, o quizás que forme el plural de "la nuez" diciendo "las nuezas". En cuanto a concejal, tuvo el mismo fundamento atribuirle género masculino como el suponérselo a principal y especial. La gente que ha inventado presidenta, jueza y concejala puede que forme frases como estas: "La presidenta y la gerenta son unas profesionalas excelentas"; "Cuando iba por la calle principala me paró una agenta de la policía municipala"; "He tenido una idea geniala". Y por el mismo vicio, probablemente utilicen la palabra "modisto" para referirse a un "modista" de sexo masculino (es decir, un señor que se dedica a la moda pero que no quiere ser confundido, Dios le libre, con las mujeres que practican el mismo oficio). Todavía no ha cundido la práctica de decir electricisto, socialisto, ciclisto o futbolisto, que nos llevará indefectiblemente a tener que decir, para no ser sexistas, "los socialistos y las socialistas", "los artistos y las artistas". Pero todo se andará.
La moda amenaza incluso los dibujos animados. Así, va a ser más difícil escuchar en el futuro el "ándale, ándale" que hizo popular a Speedy González, el ratón más rápido de todo México. El incansable roedor ha sido casi exterminado de las pantallas de la televisión estadounidense acusado de presentar una incorrecta imagen de los latinos. Speedy, su primo Lento Rodríguez y todos los ratones de la serie, son un estereotipo ofensivo para los mexicanos, ya que se les muestran como bebedores, perezosos y fiesteros. Lo curioso de todo esto es que varios grupos y publicaciones latinas quieren que el veloz colilargo vuelva a la televisión. ¿Su argumento? Speedy González es un ejemplo del éxito de los hispanos sobre el poder colonial de EE.UU., encarnado por el torpe gato Silvestre. Los Simpson también cayeron bajo sospecha. La políticamente incorrecta serie de Matt Groening despertó la ira de los brasileños por denigrar la imagen de Río de Janeiro en un capítulo en el que la familia de Homer viajaba a esta ciudad. En un especial con toda la historia del conejo Bugs Bunny, dejaron fuera algunos capítulos por considerarlos "racialmente insensibles" y contener "estereotipos denigrantes". En un episodio, realizado en los años '40, el “Conejo de la Suerte” trata a los esquimales de "babuinos" y tortura a japoneses, mientras que en otro se pinta la cara y gesticula aparatosamente imitando a un afroamericano. A pesar de que la decisión fue tildada de "victoriana" por los analistas, que atribuyeron las imágenes al humor de la pre-guerra, el daño estaba hecho. Más aún porque no era la primera vez que Bugs era puesto en tela de juicio. Durante años se criticó que ridiculizaba a los judíos o que poseía conductas poco definidas sexualmente. Algo parecido se había hecho con Tom y Jerry, serie en la que se reemplazó la característica voz de la criada negra y su "¡Tomá!" por un acento más neutro para evitar quejas. Sin duda, los personajes creados por Disney tienen uno de los prontuarios más largos en lo que a acusaciones de intolerancia se refiere. Uno de los casos más sonados fue el del largometraje Aladino, de 1989. La exitosa cinta abre con la canción Noches Árabes, que incluye la siguiente estrofa: "Oh, vengo de una tierra, un lugar lejano, donde vagan las caravanas de camellos. Donde te cortan las orejas si no les gusta tu cara. Eso es bárbaro, pero‚ ¡hey!, es la casa". Además, la película mostraba a todos los malos como personajes con barbas puntiagudas, acento entrecortado y bulbosas narices, mientras que los buenos hablaban perfecto inglés y tenían bellos rostros europeos. Ante lo que fue catalogado como una ofensa a la cultura islámica, cientos de árabes protestaron hasta que Disney se vio obligada a cambiar la letra de la canción en la versión para vídeo. Pero esta no es la única condena que ha caído sobre la casa del ratón Mickey. Su versión de Tarzán fue acusada de racista por no incluir negros a pesar de tener como escenario África y grupos homosexuales protestaron porque consideraban que Cruela de Vil era un estereotipo ofensivo de las lesbianas. De El Rey León se dijo que reproducía modelos monárquicos y daba a las malvadas hienas el vocabulario de latinos y negros, y la película Los Tres Cerditos tuvo que ser doblada de nuevo porque los personajes tenían un notorio acento judío. Los cómics tampoco se han liberado de la guillotina de lo políticamente correcto. Tintín, el aventurero personaje creado en 1929 por el belga Hergé, habría colaborado con los nazis, fomentado el racismo y la misoginia. A este paso, Caperucita Roja acabará siendo una “persona de corta edad que llevó una cesta con fruta fresca y agua mineral –alimento y bebida políticamente correctos- a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Que encontraría el aviso de su madre de que no fuese por el bosque, al ser una niña pequeña, sexista y en extremo insultante. Que le diría a su abuela cosas como: “Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca”. O que cuando el leñador acudiese en su ayuda hacha en mano -perdón, en este caso sería un operario de la industria maderera o un técnico en combustibles vegetales- Caperucita le recriminaría su actitud: “¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?”

4 nov. 2008

Mi momento musical


Shostakovich y su sinfonía "Leningrado"

Fue el 14 de enero de 1999, en el Auditorio Nacional de Madrid. El motivo, descubrir por primera vez al genial Shostakovich y su Sinfonía nº 7Leningrado”. Esa noche el director Xavier Güell, discípulo de Leonard Bernstein, se puso al frente de los ciento veinte músicos de la London Philarmonic Orchestra para revivir las notas de guerra, de muerte y de victoria que Dimitri Shostakovich escribió mientras los alemanes sometían a Leningrado (San Petersburgo) a un cerco que se cobró casi un millón de vidas a causa del hambre, el frío y los constantes bombardeos. El propio compositor la definiría como un símbolo de la lucha contra todos los fascismos, «escribí un réquiem por todos los que han muerto, por todos los que han sufrido». Para Güell “es una partitura impactante y espectacular”. Pese a que muchos melómanos hayan considerado esta obra como trivial, Güell asegura que en una lectura menos ampulosa, menos parcial, aflora un drama sinfónico que resume un siglo de angustia, de muerte y de confrontación.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Leningrado fue sitiada por el ejército alemán (Wehrmacht) desde el 8 de septiembre de 1941 hasta el 27 de enero de 1944, un total de 29 meses. Por orden de Hitler, la ciudad era constantemente bombardeada y sistemáticamente privada de sus suministros. Se calcula que este asedio produjo la muerte de más de 1.000.000 de personas, de las cuales cerca de 800.000 eran civiles. En 1941, Shostakovich permaneció inicialmente en esta ciudad durante el asedio y comenzó su Séptima sinfonía, conocida precisamente como Leningrado, hasta que fue evacuado hacia Kúybishev (Samara), donde terminó su trabajo, más tarde adoptado internacionalmente como símbolo de la resistencia.

Para los más entendidos, la interpretación preferida de esta sinfonía es la que grabó Bernstein con la Orquesta de Chicago. Yo me quedo con la de esa fría noche de enero de 1999, en la que descubrí que me gustaba lo trivial.

Publicado en Excelentia The World Leading Music Nº1 - 2008

3 nov. 2008

El silencio



“Me gustas cuando callas,
porque estás como ausente”
(Pablo Neruda)


En la isla de Bali, famosa por sus numerosos festivales, llenos de ruido, baile y colorido, celebran anualmente el Nyepi, o Día del Silencio, bajo cuatro estrictas reglas que todos en la isla -lugareños y turistas- deben seguir: Amati Geni (no usar fuego ni electricidad); Amati Karya (no trabajar ni hablar); Amati Lelunganan (no viajar); y Amati Lelanguan (no comer ni beber).

Por las calles no transita literalmente ni un alma y todos los hogares permanecen en silencio absoluto y sin una sola luz. La isla entera, incluido su aeropuerto internacional, se cierra por un día. Sin una sola persona ni coche, un penetrante silencio llena las calles vacías, interrumpido sólo por los ladridos de los perros callejeros. Los pecalangs, o guardias de seguridad, patrullan las calles con sus distintivos uniformes negros listos para arrestar a cualquiera que se atreva a romper el toque de queda.

Sin llegar a esos extremos, el pensamiento occidental está plagado de citas que alientan la virtud del silencio: “las personas silenciosas son mucho más interesantes que los mejores oradores” (Disraeli); “es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras” (Shakespeare); "el silencio es la réplica más aguda" (Chesterton); "me arrepiento muchas veces de haber hablado, nunca de haber callado" (Publio Siro); "se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar" (Hemingway); "respóndete retórico el silencio: cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla" (Calderón de la Barca). El refranero español, espejo de nuestra precavida conciencia, nos aconseja: “en la duda, ten la lengua muda", y “en boca cerrada no entran moscas". Al igual que este proverbio hindú: “cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio". Y Confucio aseguraba que “el silencio es el único amigo que jamás traiciona".

Hasta en la música clásica se estima el silencio: “comparada con la de Beethoven o la de Mozart, el incesante torrente de la música de Wagner es demasiado pobre en silencio. Tal vez sea la razón por la que es mucho menos expresiva. Dice mucho menos porque está hablando siempre". Y en la educación. En Francia hay una norma pedagógica según la cual la lectura en voz alta está mal vista. Dicen los defensores de la lectura silenciosa que al leer debe irse del signo al cerebro sin pasar por los labios. Quizás sea una verdad teórica, pero en la práctica ignora el aspecto fisiológico, la sensualidad de la lectura. A mí me gusta leer en voz alta a mi mujer, a mis hijos. Y que me lean.

¿Es positivo, por tanto, alentar el silencio? Sirvan como reflexión algunas citas que hacen aflorar los defectos del silencio como norma: “a veces, el silencio es la peor mentira” (Unamuno); “¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!” (Santa Catalina de Siena); "la manera más desagradable de replicar en una polémica es la de enojarse y la de callar, pues el agresor interpreta ordinariamente el silencio como un desprecio” (Nietzsche); “el silencio del envidioso está lleno de ruidos" (Khalil Gibran); “el silencio es nuestro escudo pero al mismo tiempo nuestra propia espada" (Carla, una estudiante española). Los judíos, en sus proverbios, también nos advertían: “hay que guardarse bien de un agua silenciosa, de un perro silencioso y de un enemigo silencioso". Finalizo este torrente de citas con una en la que Martin Luther King pone el dedo en la llaga: “nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos".

Y aquí quería llegar. Porque entre esos bondadosos me incluyo yo. Cuando sospecho que mi vecino, tan serio y educado él, maltrata a su mujer y a sus hijos, pero no hago nada. O cuando me consta que un colega de profesión está sufriendo el acoso de su jefe o es él el acosador, y me callo por un corporativismo mal entendido. O cuando sin darle importancia miro hacia otro lado al ver como un adolescente insulta o pega a otro, bajo la excusa "son cosas de niños". Situaciones cotidianas en las que practicamos la “virtud” del silencio.

Hemos aprendido un silencio institucionalizado, el silencio de la indiferencia ante las injusticias que nos rodean, ante la violencia, ante las masacres, ante las tragedias, ante los horrores de las guerras, ante cualquier tipo de totalitarismo. Nuestra complicidad taciturna y muda, nuestra falta de asistencia a un pueblo, a un colectivo o a un ser humano en peligro no son en modo alguno imputables a la ignorancia o a la falta de imaginación. Nuestra pasividad solo se explica por el miedo. Nuestra indolencia abruma, asombra y hasta asusta. El silencio infinito del planeta horroriza.