3 nov. 2008

El silencio



“Me gustas cuando callas,
porque estás como ausente”
(Pablo Neruda)


En la isla de Bali, famosa por sus numerosos festivales, llenos de ruido, baile y colorido, celebran anualmente el Nyepi, o Día del Silencio, bajo cuatro estrictas reglas que todos en la isla -lugareños y turistas- deben seguir: Amati Geni (no usar fuego ni electricidad); Amati Karya (no trabajar ni hablar); Amati Lelunganan (no viajar); y Amati Lelanguan (no comer ni beber).

Por las calles no transita literalmente ni un alma y todos los hogares permanecen en silencio absoluto y sin una sola luz. La isla entera, incluido su aeropuerto internacional, se cierra por un día. Sin una sola persona ni coche, un penetrante silencio llena las calles vacías, interrumpido sólo por los ladridos de los perros callejeros. Los pecalangs, o guardias de seguridad, patrullan las calles con sus distintivos uniformes negros listos para arrestar a cualquiera que se atreva a romper el toque de queda.

Sin llegar a esos extremos, el pensamiento occidental está plagado de citas que alientan la virtud del silencio: “las personas silenciosas son mucho más interesantes que los mejores oradores” (Disraeli); “es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras” (Shakespeare); "el silencio es la réplica más aguda" (Chesterton); "me arrepiento muchas veces de haber hablado, nunca de haber callado" (Publio Siro); "se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar" (Hemingway); "respóndete retórico el silencio: cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla" (Calderón de la Barca). El refranero español, espejo de nuestra precavida conciencia, nos aconseja: “en la duda, ten la lengua muda", y “en boca cerrada no entran moscas". Al igual que este proverbio hindú: “cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio". Y Confucio aseguraba que “el silencio es el único amigo que jamás traiciona".

Hasta en la música clásica se estima el silencio: “comparada con la de Beethoven o la de Mozart, el incesante torrente de la música de Wagner es demasiado pobre en silencio. Tal vez sea la razón por la que es mucho menos expresiva. Dice mucho menos porque está hablando siempre". Y en la educación. En Francia hay una norma pedagógica según la cual la lectura en voz alta está mal vista. Dicen los defensores de la lectura silenciosa que al leer debe irse del signo al cerebro sin pasar por los labios. Quizás sea una verdad teórica, pero en la práctica ignora el aspecto fisiológico, la sensualidad de la lectura. A mí me gusta leer en voz alta a mi mujer, a mis hijos. Y que me lean.

¿Es positivo, por tanto, alentar el silencio? Sirvan como reflexión algunas citas que hacen aflorar los defectos del silencio como norma: “a veces, el silencio es la peor mentira” (Unamuno); “¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!” (Santa Catalina de Siena); "la manera más desagradable de replicar en una polémica es la de enojarse y la de callar, pues el agresor interpreta ordinariamente el silencio como un desprecio” (Nietzsche); “el silencio del envidioso está lleno de ruidos" (Khalil Gibran); “el silencio es nuestro escudo pero al mismo tiempo nuestra propia espada" (Carla, una estudiante española). Los judíos, en sus proverbios, también nos advertían: “hay que guardarse bien de un agua silenciosa, de un perro silencioso y de un enemigo silencioso". Finalizo este torrente de citas con una en la que Martin Luther King pone el dedo en la llaga: “nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos".

Y aquí quería llegar. Porque entre esos bondadosos me incluyo yo. Cuando sospecho que mi vecino, tan serio y educado él, maltrata a su mujer y a sus hijos, pero no hago nada. O cuando me consta que un colega de profesión está sufriendo el acoso de su jefe o es él el acosador, y me callo por un corporativismo mal entendido. O cuando sin darle importancia miro hacia otro lado al ver como un adolescente insulta o pega a otro, bajo la excusa "son cosas de niños". Situaciones cotidianas en las que practicamos la “virtud” del silencio.

Hemos aprendido un silencio institucionalizado, el silencio de la indiferencia ante las injusticias que nos rodean, ante la violencia, ante las masacres, ante las tragedias, ante los horrores de las guerras, ante cualquier tipo de totalitarismo. Nuestra complicidad taciturna y muda, nuestra falta de asistencia a un pueblo, a un colectivo o a un ser humano en peligro no son en modo alguno imputables a la ignorancia o a la falta de imaginación. Nuestra pasividad solo se explica por el miedo. Nuestra indolencia abruma, asombra y hasta asusta. El silencio infinito del planeta horroriza.

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